Toda crisis es una oportunidad; es lo que se suele repetir para entender que en tiempos difíciles se tiene que agudizar la imaginación y poner el esfuerzo individual o colectivo tras un objetivo superior que permita atravesar un trance traumático de la mejor manera. Que la Argentina está en crisis no es novedad, con la pobreza en aumento lo mismo que la inflación. El país requiere mentes desinteresadas que aporten ideas para sugerir la forma en que se pueda primero enfrentar, luego atenuar y finalmente superar el drama económico y social. Los diagnósticos internos sobre la realidad nacional son más o menos pesimistas, según el lado ideológico, político o económico de los analistas. Las miradas externas son coincidentes respecto de la situación de país; por ejemplo, el Financial Times hizo un duro editorial sobre el presente económico de la Argentina y aseguró que el país está ante un panorama desolador, que está al borde de la ruina financiera y sostuvo que el Fondo Monetario Internacional debería insistir en metas más exigentes. Un párrafo de la publicación del diario británico tiene tono dramático: “la Argentina se aproxima tambaleando a uno de sus periódicos colapsos; la inflación alcanzó un 64% anual en junio y podría ser del 90% hacia fin de año”. Es decir, el país está ante una oportunidad: está en crisis. Sin embargo, la principal dificultad, sino una de las razones de la crisis, es la imposibilidad de que los principales referentes políticos, los que tienen responsabilidades de gestión, no sólo de lado del oficialismo sino también del lado de la oposición, depongan los intereses sectoriales y antepongan el interés nacional por encima de cualquier bandería política, de los odios pasados, los resentimientos y de la característica grieta nacional. Una fractura que, por cierto, es alimentada por los más extremistas como una forma de fidelizar o ganar nuevos adeptos para convertirlos, lamentablemente, en enemigos del que tiene otra mirada de la realidad, antes que en un adversario al que hay que respetar sus ideas, y aprovechar sus conocimientos. El Gobierno nacional tiene la mayor cuota parte de responsabilidad en la crisis, porque no encuentra las vías para enfrentarla con éxito y cumplir con un mandato no escrito que le dio la ciudadanía al elegirlo: gestionar el Estado para asegurar el bienestar general. Los datos económicos y sociales reflejan que no está acertando con la fórmula para acometer la crisis. Echar la culpa al anterior, un deporte nacional, ya no es suficiente; el malestar social va en aumento y no se puede calmar a la población distribuyendo culpas. Hacen falta aciertos de gestión. Tampoco se puede disminuir la inquietud realizando diagnósticos catastróficos desde la oposición; otro rasgo nacional, sea quien sea el que ocupe es espacio. Si la crisis es una oportunidad, en la Argentina lo debiera ser para acometer una instancia que es declamada por toda la dirigencia política, sin exclusiones ni color partidario; el de la unidad nacional. Puede ser la vía para que se termine con la costumbre de echar culpas y hacer diagnósticos y, así, dar un primer paso para sacar al país adelante. Resulta llamativo que todos aludan a la necesidad de un amplio pacto para sacar de la crítica situación a la Argentina y, sin embargo, nadie dé el primer paso. Se necesita grandeza y humildad para aceptar el lugar que les tocó en suerte en este momento de la historia del país para realizar su aporte. Es lo que se le exige a toda la clase política y a la dirigencia que tiene en sus manos la conducción del país. Si no ocurre, si cada uno espera llegar al poder para refundar el país, considerando un enemigo al compatriota, la crisis no será un desafío a abordar en conjunto, sino un estado permanente de situación.